este era un tipo corriente, de los de mochila terciada, de vez en cuando y jean, casi siempre. de los de música triste los domingos y fiesta los viernes. era un tipo corriente y buena gente aunque algo reservado y taciturno. solía fumarse un cigarrillo por la mañana mientras esperaba el bus que lo llevaría al trabajo al occidente de la ciudad. también solía tomarse dos cafés diarios cuando todo estaba en calma, cuando no, se tomaba hasta cinco.
era jueves al mediodía cuando, durante la pausa del almuerzo sentando en su puesto, terminó de diseñar la máquina que daría el reconocimiento, la que le permitiría ser entrevistado sin parar y figurar en primeras planas. «bien es claro que la fama es perecedera pero lo que dura es la gloria y en ella quiero vivir». eso era lo que él pensaba constantemente mientras leía de circuitos, energía vatios y estímulos nerviosos. él era consciente de que su máquina debía implementarse durante el sueño, en las horas en que la persona se adentraba en mundos paralelos y olvidaba el techo que lo protegía; de lo contrario, los efectos podían ser catastróficos, incluso desbordar en la locura y eso, entonces, lo llevaría a la ruina.
también tenía claro que dada la magnitud de su propuesta él era el único que por ahora podía probarla; le atemorizaba pensar que un conejillo de indias se sublevara contra él y convirtiera en realidad lo que tantas veces había visto en la televisión cuando era pequeño. no hablaría sobre su máquina hasta no probarla, de todas formas ya había visto en muchas películas cómo se conectaban los cables al monitor y, al mismo tiempo, a la cabeza. no había ningún misterio.
así, esa tarde, que ya se convertía en noche, cuando regresó a su casa y se dio cuenta que todos sus instrumentos estaban en la sala esperando sólo el último dispositivo, prendió, entonces la radio y sintonizó la emisora de jazz. no sabía muy bien qué papel cumpliría la música pero reconocía que así se sentiría menos solo. no se sabía el nombre de ninguno de los artistas pero no importaba, a fin de cuentas lo que le interesaba era no olvidar el nombre que lo había hecho diseñar su máquina: matilde. «matilde» dijo una vez mientras se sentaba en el sofá; «matilde» volvió a decir, mientras sacaba el papel con el diseño final y lo extendía en la mesa de centro; «matilde» repitió cuando por fin sacó de su maleta la pantalla digital que había comprado y que era compatible con las entradas de video que ya tenía.
comenzó a instalar todo de inmediato. no le interesaba que esta prueba se convirtiera en ritual, por eso no tomaba nada ni cambiaba de emisora. entre menos se demorara, más pronto iba a suplir la incómoda necesidad de repetir una y otra vez el mismo nombre. él no quería palabras, quería sensaciones y sabía que con su máquina eso sería posible porque no sólo volverían a él, con completa nitidez, los recuerdos que tenía con matilde sino que además los recordaría tan bien que sería como si los estuviera viviendo. sería mucho más que una evocación pero sin tener que vivir en el pasado y repetir mil veces la misma escena era “recordar para vivir y vivir recordando”, según se imaginaba su lema.
cuando tuvo todo listo, se conectó los cables a la cabeza según había leído e investigado en tantas publicaciones sobre neurociencia. en su pantalla digital escribió “para no olvidar. prueba no. 1. matilde” y prendió el monitor. en ese momento comenzaron a aparecer en la pantalla una sucesión de imágenes que resumieron en poco tiempo los tantos días que estuvieron juntos: el cielo azul, las hormigas, el parque de enfrente, la biblioteca, su cumpleaños, el día en que ella se cayó de la bicicleta, cuando se perdieron en aquel camino veredal, la primera pelea, su número de teléfono, las noches de sexo –y las mañanas–, su mala cara (la de él), el collar del perro de su tía, los días en la clínica, los conciertos, sus muecas, los mensajes a larga distancia, los trancones compartidos, los libros que dejaron de leer, el viento de la tarde, los colores de las paredes de la casa de ella, la forma en que ella cruzaba la pierna y todas las veces que fruncía el entrecejo mientras alegaba.
«para no olvidar a Matilde, cuando me duela y cuando no. para dejar de pedir palabras y en cambio, sentir lo que éstas no pueden decir». ese fue su último pensamiento antes de que todas las imágenes terminaran de pasar, antes de que uno de los cables se desconectara de su cabeza y él se levantara asustado del sofá, mirando con extrañeza todo lo que había en la sala pero sin musitar palabra. alguna parte del cerebro –ya no importaba el nombre– se había excedido, produciendo una reacción química que no sólo había borrado parte de su memoria personal sino que había producido un corto circuito en el sistema nervioso que le había quitado el habla.
era jueves en la noche cuando intentó reconocerse y se encontró a sí mismo como un extraño. algo leyó en una libreta de apuntes que encontró: “máquina para no olvidar únicamente debe ser implementada durante el sueño. peligro real durante la vigilia”. en ese momento se le hizo un hueco en la garganta. no un nudo porque ya no tenía nada que decir. un hueco mudo lleno de recuerdos ajenos.
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